jueves, 3 de diciembre de 2020

Atlas

There is a kind of love called maintenance
Which stores the WD40 and knows when to use it;

Which checks the insurance, and doesn't forget
The milkman; which remembers to plant bulbs;

Which answers letters; which knows the way
The money goes; which deals with dentists

And Road Fund Tax and meeting trains,
And postcards to the lonely; which upholds

The permanently rickety elaborate
Structures of living, which is Atlas.

And maintenance is the sensible side of love,
Which knows what time and weather are doing
To my brickwork; insulates my faulty wiring;
Laughs at my dryrotten jokes; remembers
My need for gloss and grouting; which keeps
My suspect edifice upright in air,
As Atlas did the sky.

U.A. Fanthorpe

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Nina

Un día como hoy, 2 de diciembre, pero hace ya muchas primaveras y muchos inviernos... nació mi abuela. Claro que no nació siendo mi abuela, ella también fue una linda bebita de cachetes rosaditos y manitas pequeñas de bebé.

Abuela querida, donde quiera que estés te mando un beso, y un abrazo grande y fuerte... Te queremos mucho aunque ya no te vemos, y te extrañamos inmensamente.
Todavía no han construido la máquina del tiempo, pero en cuanto pueda poner un pie dentro de una, a donde primero iré, es a verte. Voy a regresar a cualquiera de esos días en que caminaba de Los Pinos hasta tu casita del Capri, y desde que entraba por la puerta de la calle ya se respiraba ese aire de paz, tranquilidad y amor que siempre reinaba en tu casa y alrededor tuyo.

Sin ella saberlo, hacía cumplir, lo que alguna vez dijo la Madre Teresa de Calcuta: "que nadie se acerque a ti, sin que al irse se sienta un poco mejor y más feliz", esa era mi abuela. Al menos conmigo siempre fue así. Siento mucho no habérselo dicho a cada instante, pero así me sentía cuando ella estaba. Así era para mí ir a su casa, era encontrar paz, era sentirme completa, bien, verdadera... 
Ahora eso me falta, será que a medida que vamos creciendo y volviéndonos adultos nos vamos descompletando.

lunes, 30 de noviembre de 2020

Masa

Reviviendo el que bien pudiera ser uno de los poemas más conocidos del poeta peruano César Vallejo, poema que por estos días pareciera que más que a andar, le han salido alas y ha echado a volar.
Este poema llegó a mí hace muchos años y nunca se fue, es uno de esos poemas que uno nunca olvida.

Masa

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…

César Vallejo

miércoles, 4 de noviembre de 2020

¿Por qué no yo?

Este poema lo escribí antaño cuando estaba recién emigrada, todavía lo leo y me conmueven estas preguntas, aunque ya no me las hago. Lo he superado. Fue un tiempo convulso en el que no me sentía capaz de moverme con mi queso. Al parecer la respuesta a todas ellas era: tiempo. Excepto quizás para la última.
Entiendo que pueden aplicarse a otras circunstancias agenas a la emigración, son pertinentes del cambio y de lo novedoso. Novedoso pero no feliz. Creo que en tales momentos, es normal hacerse estas preguntas, y la respuesta es para uds, como lo fue para mi, la misma: darse tiempo. 

¿Por qué no yo?

¿Por qué no puedo acostumbrarme a esta nueva vida?
¿Por qué, si el sentido común indica que es mejor?
¿Por qué no, si todos lo hacen? ¿Por qué no yo?
¿Por qué este sufrimiento y este pesar?
¿Por qué mi conciencia no asume la nueva realidad?
¿Por qué me aferro tan fuertemente al pasado?
¿Por qué mis ojos no ven más allá de estas lágrimas?
¿Por qué mis manos no sienten que está bien tocar?
¿Por qué el sonreír me parece traición?
¿Por qué este sol no calienta mis manos siempre frías?

lunes, 2 de noviembre de 2020

Abuelo


Serás el viento que arrulla entre las hierbas

y rebeliones arma,

serás esa presencia de la aurora

cuando la noche parece más sórdida y más larga,

serás ese misterio de la vida

saliendo en la palabra;

serás el cáliz,

la multitud que ejerce la justicia,

ese  muchacho

enternecido, augusto,

que la muerte ha mandado a su pizarra.


(A quien le dieron nombre de manzana)

Carilda Oliver Labra.



Corría la tarde del 13 de marzo de 1957, apenas unas semanas antes habían celebrado en casa muy modestamente el primer cumpleaños de su primogénito. Como todos los mediodías, volvía a la casa para almorzar, darle de comer a las gallinas, los cerdos y los perros, y tomar una pequeña siesta durante las horas más calientes de la tarde, antes de volver al arado, donde trabajaba hasta que se ponía el sol.

Como de costumbre, al levantarse de su siesta se puso su camisa de mangas largas, su pantalón de trabajo, y se dirigió al patio que quedaba al fondo de la casa. Al pasar por la cocina encendió el radio. En la puerta trasera se puso las botas enfangadas, el sombrero de yarey y se dispuso a ponerle agua fresca a los perros. Los animales estaban muy inquietos, uno de los gallos del vecino del fondo había traspasado su cerca y comenzado una pelea con uno de los suyos. La desafortunada muerte de su gallo preferido y la discusión que sostuvo con el dueño del gallo matón, le retrasaron la vuelta al trabajo. Con decepción y tristeza soltó las botas en la entrada y fue a lavarse la sangre del gallito de las manos.

Un diminuto reloj de pared le indicaba que ya había perdido la primera media hora después de las tres, cuando poniéndose las botas para finalmente marcharse, oye en la radio, en voz del líder estudiantil José Antonio Echeverría, una noticia que cambiaría su vida y la de todos los cubanos. En ese momento acababa de ser ajusticiado el dictador Fulgencio Batista en su propia madriguera... No escuchó más, de un salto se levantó y se desprendió a correr hasta el medio del pueblo, donde se puso a gritar a todo pulmón: “Murió el tirano, murió el tirano”, con los brazos abiertos extendidos hacia arriba y los puños cerrados, festejando una victoria por mucho tiempo anhelada. Repitió sus gritos de júbilo un par de veces más hasta que una bala de la guardia rural lo tumbó de su encumbrado regocijo.

Afortunadamente no murió ese día, vivió para tener otros cuatro hijos más y verlos crecer y darle nietos. Tampoco murió Batista ese día. Pero desafortunada, triste y muy dolorosamente, y aun los que no lo conocieron lo sienten así, José Antonio (manzanita) no tuvo la misma suerte.